Mujer y medio ambiente: los caminos de la visibilidad. Utopías, educación y nuevo paradigma (coord. María Novo) [Entrega 3]

- Antropocentrismo y androcentrismo. Señas de identidad del mundo moderno.

El paradigma patriarcal, fundamentado sobre el supuesto de dominio y explotación de la naturaleza por los seres humanos, ha sido claramene 'antropocéntrico'. Pero también 'androcéntrico', fomentando el dominio de lo masculino, en términos de poder, de conocimientos, de valores, sobre el mundo femenino.

Si examinamos la historia del mundo moderno, veremos que hay un gran paralelismo entre la consideración cultural que se da a la naturaleza y la que se adjudica al colectivo femenino: sus trabajos se entienden como "improductivos" en el sentido clásico, porque consisten básicamente en producir y reproducir vida, tareas ambas consideradas 'pasivas', desde un extraño planteamiento que identifica "pasividad" con "gratuidad" (una de las muchas señas de identidad de lo moderno).

Gran parte de los bienes naturales también han sido históricamente gratuitos, en la medida en que "estaban ahí" a disposición de quien se apropiase de ellos. El acceso al agua, el disfrute de la energía solar, el aire que respiramos..., todo ello ha ido configurando un imaginario social en el que no se ha tenido en cuenta la necesidad de regeneración de los ecosistemas (y el tiempo que se necesita en cada caso), a la vez que, desde la teoría moral, se dejaba de lado la posibilidad de que los seres vivos no humanos pudiesen "tener derechos". Esto ha sido así hasta hace muy poco. Hoy día, los incipientes modelos de un nuevo paradigma ambiental están abriendo, no sin dificultades, un camino que conduce a la conciencia (y el respeto) de los límites de la naturaleza y al establecimiento de nexos morales entre los seres humanos y el resto del mundo vivo.

Por lo que respecta al trabajo de las mujeres, tradicionalmente ha tendido de forma generalizada a satisfacer las necesidades básicas de la existencia humana. Esto comprende desde la producción de alimentos hasta el trabajo doméstico, tareas que, mayoritariamente, se realizan en el marco del hogar y de las comunidades (1). Aunque en los países occidentales el rol femenino haya cambiado mucho en el último medio siglo, ésta sigue siendo la situación más frecuente en el resto del planeta (y también en muchos sectores de los llamados "países ricos").

El problema es que el modo de producción del trabajo doméstico genera 'valores de uso' que se consumen en la familia y no pueden ser vendidos en el mercado (no toman la forma de mercancías). Consecuentemente, en el marco de unas sociedades en las que se prima lo económico sobre cualquier otro valor, las mujeres han tenido y tienen muchas menos posibilidades que los hombres para convertir su trabajo en ingresos, los ingresos en capacidad de elección, y la capacidad de elección en bienestar personal (2). Eso las ha mantenido relegadas a la condición de "improductivas", pese a las miles de horas de trabajo femenino que han servido y sirven para sustentar nuestras sociedades.

(Notas):

(1) Mellor, M. (2002): Entrevista con J. Blasco sobre "Ecologismo, feminismo y socialismo", en 'Cuadernos de Ecología Política', 23. Icaria Fuhem.

(2) Kabeer, N. (1999): "Acción productiva, bienestar y desigualdad. Reflexiones sobre las dimensiones de género de la pobreza", en López, I. / Alcalde, A. R.: 'Relaciones de género y desarrollo'. Los Libros de la Catarata. Madrid.

(María Novo, Catarata)